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Espacio creativo


"Cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando". 
Pablo Picasso


Textos creativos


Letras libres

Taller de introducción al microrrelato 

Hemos desarrollado este taller –de doce horas de duración- en la escuela del Centro Penitenciario durante los meses de noviembre y enero de este curso escolar.
La iniciativa, coordinada por el profesor Alberto M. Alcorlo Carrasco, ha sido posible gracias a la colaboración de la Asociación Cultural Letras Cascabeleras, e impartida por uno de sus miembros, Víctor M. Jiménez Andrada. 
Los alumnos, a partir del cuento de “El dinosaurio”, de Monterroso, han aprendido qué es un microrrelato. A partir de ahí, han buscado historias en lo cotidiano, han jugado con distintos tipos de narradores, han aprendido técnicas de redacción y de escritura, además de centrarse en otras cuestiones tales como el bloqueo literario o el plagio creativo.


El curso ha sido completado, además, con un taller de autoedición (“Házlo tú mismo”), en el que han aprendido a fabricar su propia plaquette, han recibido nociones sobre el depósito legal y otros aspectos importantes a la hora de publicar textos.
El resultado, esta selección de microrrelatos escritos por los propios alumnos, “mariposas de letras que vuelan libres sin temor a las rejas”.


Recuerdos


A ella le parece que era ayer cuando asomaba a la puerta de la casa de campo, veía la gran explanada que se extendía hasta la carretera, cubierta ahora de margaritas, peniquesitos y más flores cuyo nombre no conocía aún.
No había árboles, solo algún eucalipto desparramado por aquí y por allá, cuya sombra en algunos momentos buscaba para refrescarse con el perrito de turno.
Enfrente justo, cruzando la carretera, estaba la estación. Los mayores decían que era un apeadero, pero algunas veces, con suerte, había alguna locomotora haciendo maniobras (se movía un poquito hacia adelante y otro poquito para atrás, como si no pudiera andar de verdad). Echaba mucho humo (luego se enteró de que era vapor).
Le parecía un dragón. Un dragón temeroso, pero precioso, y a ella le encantaba el espectáculo con el ruido raro y feroz que emitía el monstruo.
Detrás de la estación se veían unos montecitos con matorrales, que es a donde iba con su abuelo de vez en cuando a cazar perdices “al aguardo”, pero no le gustaba demasiado porque no podía hacer ningún ruido, ni siquiera toser o estornudar. Lo único que le gustaba era la especie de corralito donde se escondían, todo hecho de piedras y que parecía una casita para jugar. Con la chaqueta del abuelo por el suelo y una bolsa donde entre otras cosas había una cantimplora con agua, que ella se bebía del todo.
Luego, a esperar. El perdigón en su jaula, muy bien puesto, cantaba. Llamaba a las tontas perdices que iban acudiendo al reclamo amoroso y... ¡plaf!... Eso no le gustaba.
Todo eso, el prado con las flores, la estación, los montecitos y más allá, lo veía recreándose desde la puerta de la casa de campo.
Era una casa de campo más, con un pasillo muy ancho y un cuarto de estar, la cocina y las alcobas a los lados. Al final un corral con gallinas. Allí ella, que tenía cinco años, era donde pasaba las primaveras y no sabía que estaba en un paraíso.
Como no había luz eléctrica, por la noche se iluminaban con quinqués de petróleo. Los quinqués tenían “camisas”, que eran las que al arder daban luz. Allí las mujeres de la casa cuando los encendían cosían y hacían punto y ganchillo.
En la entrada y tras la puerta, había una alfombra de esparto muy grande y fue en ella donde se tropezó un día que corriendo fue a recibir a su padre que llegaba en la desvencijada y enorme Sanglas a pasar el fin de semana.
Y ocurrió la tragedia, tropezó con la alfombra y dio con la cabeza en el pasador que cerraba la puerta. Todos gritaban: ¡la niña se ha abierto la cabeza! – Madre mía la que se armó.
Todos la besaban y abrazaban. Luego, tras quitarle la sangre, le pusieron una venda y la llenaron de mimos y regalos. Pero le dolía un montón.
Pasó el susto y todo siguió igual.
Siguieron bajando el regato que había tras la casa. Era un regato encantado. Lo bordeaban narcisos, juncos y lirios. El agua cristalina al pasar sobre las hierbas y las flores que había bajo ella las movía y parecía que bailaban, que se iban para abajo, pero no, como estaban fijas, solo se movían al son que el agua al correr sobre ellas marcaba.
Ahora pienso que era un maravilloso mini jardín encantado donde, aparte de las ranas y los renacuajos, podían vivir fantásticos seres acuáticos, pequeñitos y escurridizos.
Subían del regato casi siempre con latas llenas de renacuajos y se divertían, sobre todo ella, como la más pequeña que era, viendo las acrobacias de los bichitos en una palancana blanca.
Otros días, iban a coger pájaros en los zarzales de un huerto cercano. Los cogían con una linterna. Los mayores los deslumbraban y los cogían fácilmente. Pero esto era muy temeroso. El huerto de noche era misterioso y encima había una noria que, aunque protegida, ahí estaba. No sabía para qué querían los pajaritos, ahora se lo imagina.
Luego, cuando llegaba la hora de dormir, al final de la tarde, ya llegaba a la cama con la oración sin terminar. Dormida.
Pero esto no fue ayer, fue hace muchos años...
Maribel Álvarez Merino

El viaje de vuelta


Fue un enorme alivio para él cuando sintió los pequeños granitos de arena bajo sus pies. Llevaba ya más de dos horas deambulando, sin saber ni dónde ir, pisando asfalto y piedras con los pies descalzos, ya ensangrentados. Hacía dos años y medio que no pisaba aquella playa, hacía mucho tiempo que no pisaba ninguna.
Le sobrevino un infinito sentimiento de culpabilidad, impotencia, tristeza, mientras avanzaba hacia las pequeñas olas que rompían suavemente y dejaban tras de sí una ligera capa de espuma sucia y ennegrecida.
Ahora que se iba acercando al agua cada vez más y más, le escocía cada llaga de sus pies, como si unas agujas como cuchillos se le fueran introduciendo en su cuerpo, en lo más profundo de su ser. Pero dentro tenía otro dolor mucho más profundo, más terrible, que no era capaz de ahuyentar, de apartar de su mente.
Hacía dos años que encontró una especie de trabajo, no muy remunerado, eso era cierto. Trabajando en el almacén de un supermercado, colocando la mercancía que descargaban los camiones, consiguió, con mucho sacrificio, el suficiente dinero para pagar el “pasaje” para su mujer Teby u su pequeña de tres años, Marie, de la que apenas recordaba nada.
Un brillo ambarino descendió lentamente por su mejilla derecha.
Un brillo ambarino, alimentado por el no muy cálido pero rojizo sol de las primeras horas de la mañana.
Miró con sus borrosos y húmedos ojos hacia abajo, hacia sus pies. No había apenas contraste entre el tono de su piel y el de la volcánica arena de aquella playa canaria.

No podía prácticamente con el peso de su cuerpo, le parecía lo más pesado del mundo en ese momento.
Se adentró en las templadas aguas con bastante esfuerzo, pero se dio cuenta de que los pies ya no le dolían. El salitre marino había hecho bien su trabajo. También se percató al instante de que el mar estaba muy calmado, como si fuera una balsa de aceite.
- Buen día para nadar hasta cansarse – pensó.
Introdujo su cuerpo en el agua y comenzó a dar brazadas. Una tras otra. Una tras otra. Hasta que no pudo más y se paró en medio del océano, en cualquier punto entre las Islas Canarias y el continente africano. No veía nada de tierra.
Dejó su cuerpo caer hacia abajo inerte, hacia las profundidades del mar.
El sentimiento de culpa que arrastraba estos días pesaba más que su propio cuerpo, ese sentimiento era el que le hacía hundirse cada vez más.
Ya apenas veía nada, ya apenas veía claridad, ni tan siquiera la luz de la superficie. Todo empezaba a ser negrura e infinita oscuridad.
Toda esa oscuridad que ahora sí contrastaba con los tonos malvas, rosáceos y claros del Lac Retba, como él lo conocía. De ese lago rosado de su querido Senegal. De ese lago donde aprendió a nadar, a extraer la sal con una pala y una barca, junto a su padre y sus hermanos mayores. De ese lago donde aprendió a subsistir.
Ahora, toda esa oscuridad lo envolvía y sentía que llegaba el momento. Ahora veía el Lac Retba, con toda claridad, con toda nitidez, tanto que podía albergar su atormentada mente.
Ahora se veía nuevamente en el lago donde aprendió a vivir. Ahora era el lago donde aprendería a morir.
Pensó nuevamente en su pequeña Marie y su mujer Teby. Estaban sonriéndole junto a la orilla. Él, a golpe de remo, llegaba junto a ellas. Llegaba con su barca a la tierra que le vio nacer. Llegaba con una barca llena de sal, para que se pudiera vender en los supermercados del primer mundo. Había vuelto a casa. Había vuelto, para no irse nunca.

Juan José Molano

La noche te llama

Rubén Noel Trujillo Marcos
Primer premio Concurso de relatos breves
Modalidad: Enseñanzas Formales

La ciudad se vestía de gala durante varios días mientras, a orillas de la luna, los campesinos realizaban rituales primaverales de fecundación de la tierra con la esperanza de obtener una buena cosecha.
Pero yo no me encontraba entre ellos aquella última noche de festividad en la comarca. Oculta entre los árboles, me impacientaba la tardanza del apuesto galán que me pretendía y por el que sentía una atracción inexplicable. Su nota decía que era su alma la que quería verme en las oscuras alamedas y allí estaba, convertida en una sombra más entre las sombras alargadas y anchurosas, aguardando y temblando como un animalillo herido por el frío aire nocturno que, sin embargo, acariciaba extrañamente todo mi cuerpo con suaves y desconocidas ondulaciones.
Esperaba con ansiedad oír la música de su voz vibrante y modulada, llena de una tenebrosa y enigmática melancolía que, al recordarla, paralizaba al instante, una tras otra, todas mis iniciativas de escapar del misterioso joven que alguien me había presentado solo dos días antes.
- ¡Estás aquí!
Su voz grave y aguda a la vez me sobresaltó. Antes de girarme, vi cómo las estrellas y los pájaros huían de repente.
- ¡Pensaba que ya no vendrías! – le reproché, mientras me miraba palidísimo- ¿Para qué quieres mi alma?
La noche oscureció más. Sus manos agarraron con fuerza las mías y oí cómo gemían sus uñas cuando me acercó a él. Quise entonces desprenderme de ellas, pero ya era demasiado tarde: dos hilitos de sangre bajaban por mi cuello mientras aquel vampiro me besaba con sus labios sangrientos. Su aliento frío me cubrió enteramente de nieve y no pude moverme en mucho rato... Estaba como hipnotizada y solo deseaba besarle apasionadamente y cristalizar en sus ojos profundos con un rumor de cristales rotos.
- ¿Sabes cuál es el peor de los males que ha asolado a la humanidad durante siglos? – susurró en mi mejilla.
Y entonces ocurrió. Y entonces lo entendí todo. Y entonces nos amamos por encima de todo y de todos. Y entonces nos abrazamos mientras con destreza, y bajo el aullido de los lobos, me atravesaba la garganta con un largo junco de seda. Y, aunque no podía distinguir lo real de lo que no lo era, mi amor o deseo fatídico por aquel espíritu insatisfecho, que me desgarraba entre la maleza, se hacía por momentos más palpable e irresistible.
- La Bestia ha caminado durante siglos con vosotros, los humanos, con la piel hermosa de la eternidad para daros a los “elegidos” una nueva vida sin término, y yo ahora soy uno de ellos y estoy hambriento de ti, mi adorada, y quiero gozarte siempre bajo mi capa de acero... porque soy un esclavo que te adora desde el día en que, por primera vez, me dejaste penetrar en tus sueños... y he perseguido desde entonces, por tierra y mares de ceniza, tu rostro fragante de rosas ausentes de ti porque aún no me conocías.
Escuchaba su confesión sin miedo en aquella noche admirable en que, tumbada a su lado, me sentía totalmente a salvo.
- Pero la inmortalidad resulta cara y no se alcanza sin sacrificio... La fuente de la eterna juventud se nutre de olas estancadas que reclaman cada noche la sangre inocente y nueva de hombres, mujeres, y niños muertos... Ahora que te he encontrado, amada mía, ya me perteneces, y serán tus manos y tus dientes los que devoren la soledad y el dolor eterno de mi alma.
Yo ya no sentía frío, sino calor... El fuego de la pasión que nos embargaba recorría mi cuerpo hasta dejarlo sin aliento y aquel hombre, ángel o demonio, agitó sobre mí sus alas afiladas y consumó violentamente su macabra danza.
El hombre del cigarrillo que la había escuchado hasta ese momento sin pronunciar palabra alguna, hizo ademán de levantarse y salir corriendo. Pero ya era demasiado tarde. Con los ojos inyectados en sangre y con voz ensordecida, la hermosa mujer que lo había citado, en la solitaria alameda, concluyó así su relato:
- Ausente de ti, amado mío, la mañana ya no querrá venir para que tú no te vayas.
Y entonces ágilmente, y con gracia exquisita y fuerte, se abalanzó sobre él con aire de tormenta.
De este modo me contaron que ocurrieron los hechos narrados, una semana antes de ser encontrada muerta (por una pareja que paseaba por las orillas del bosque) con una espina de rosa, ensangrentada, clavada en mi garganta.


Tormenta (Soledad García Garrido)


Primer premio Concurso de relatos breves
Modalidad: Enseñanzas no Formales

La cafetería permanecía atestada a esas horas de la tarde, mientras fuera la lluvia rebotaba sobre las baldosas con intensidad y el aguacero corría por las aceras como un tsunami imprevisto. Llegué con una hora de antelación porque necesitaba ordenar mis ideas y adelantar mentalmente lo que llevaba rumiando toda la semana.
Sobre las seis, pedí un café solo. De inmediato caí en la cuenta de que no debía tomarlo, pero me dio lo mismo. Casi dos meses llevaba sin fumar y sin beber ni una triste cerveza. Al bebé le hacía bien, pero yo tenía los nervios destrozados.
A primera hora, el agua que caía suave templaba la tarde fría. Al poco de llegar, como un cruel augurio, cayó la noche súbitamente y el cielo se cerró en banda. Las nubes grises, casi negras, no daban tregua a lo que quedaba del día. Los limpiaparabrisas de los coches, que circulaban a veinte, iban y venían trastornados, a punto de echar a volar. Desde la ventana más cercana solo se apreciaban los faros borrosos que se evaporaban al pasar. No había más luz. La cafetería comenzó a llenarse de gente que únicamente pretendía refugiarse del diluvio. La humedad del suelo y los cristales creaban una atmósfera asfixiante. Las voces, incrustadas en mis tímpanos, se convirtieron en un sonido agudo y prolongado. La cabeza se me empezó a quedar fría; la boca, seca; y la vista se nubló de repente.
Desperté del mareo desorientada. Una mujer con un delantal me ofreció una taza caliente de tila, como si la solución a mis males se hallara concentrada en esa infusión. Se trataba de la tercera vez que me sucedía en los últimos quince días.

- Toma, hija, toma, te hará bien.
Le agradecí su atención con la mirada, pero necesitaba recomponerme. Nacho estaba al llegar y tenía que encontrarme serena, segura, decidida. No tenía idea de nada. Tampoco se había preocupado. Después de dos años de relación habíamos roto y no nos habíamos molestado en llamarnos.
- Mira, Raquel, esto no funciona. – Así puso en marcha el imbécil el preludio de nuestra ruptura, con un monólogo cansino con el que pretendía convencerme de lo felices que habíamos sido y del inevitable final antes de que pudiéramos llegar a odiarnos.
Cuando le llamé la noche anterior para quedar con él y decirle a la cara que estaba embarazada, pero que tenía intención de abortar, me costó marcar su número. ¿Debía decírselo? ¿Quería simplemente saber su reacción?
- Está bien, Raquel, en la Torre de Babel a las siete. Solo un rato. He quedado con Rosa para ir al cine.
En ese momento debí haberle dicho: “No te preocupes, idiota, no es nada”. Debí haber colgado, despedirme sin más. Al fin y al cabo, estaba todo decidido. Después sería cuestión de tiempo; esperaba que menos que el que él había necesitado para encontrar la felicidad de nuevo.
La cafetería continuaba abarrotada y la tarde se había convertido en noche definitivamente. El camarero repartía serrín entre los zapatos empapados y los paraguas agotados de soportar el aguacero. Tenía la sensación de que todos los ojos del bar me vigilaban, aunque el centro de atención recaía sobre un partido en el televisor y las conversaciones sobre la tromba que estaba cayendo.
Nacho no aparecía. Tal vez la tarde se había complicado también para él. No nos habíamos planteado mientras duró lo nuestro la posibilidad de un hijo a corto plazo. Ni a medio ni a largo. Ninguno de nuestros amigos lo tenía y vivíamos demasiado cómodos. Mi instinto maternal estaba tan desarrollado como mi pasión por las novelas de ciencia ficción: cero. Llegué a renunciar a Debra, la perrita que me había regalado mi madre para que no viviera sola. Nacho no soportaba animales en el piso y lo respeté. Pero cuando me dijo lo de que habíamos sido felices (¡qué inmensa me parecía ahora esa palabra!) y me enteré de que estaba embarazada fue como si alguien me anunciara: “No, no vas a estar sola, ¿qué se cree este?”.
Tuve mis dudas, claro. Con treinta años tampoco era una locura tener un hijo. Sabía que mis padres no se disgustarían. Por otro lado, nunca confiaron demasiado en este novio.
Las siete y media. Marisa, así se presentó, regresó para comprobar que me encontraba bien.
- Ya tienes mejor cara. Te quedaste como el papel. ¿Quieres que te pida un taxi o algo? – La pobre no comprendía que llevara hora y media allí, sola, con un café y una tila, y una noche de perros del carajo.
- No, gracias, me encuentro mucho mejor. Tenía una cita, pero me temo que no ha podido llegar.
- Como quieras. Cuídate, corazón. – Con un último masaje se despidió y desapareció entre los clientes, quienes no paraban de hablar a gritos entre el estruendo del televisor, que escupía imágenes de un campo de fútbol verde donde no llovía ni gota, y las voces del camarero pidiendo bocadillos a la cocina.
Me puse el anorak y acomodé mi pelo largo dentro de la capucha. Abrí la puerta de la cafetería y salí calle arriba, cuando la tormenta abrazaba la ciudad con más pasión. Avancé despacio y a medida que me alejaba cambié el ritmo hasta que eché a correr. Toda la lluvia me bañaba. Nadie en las calles, solo los coches brumosos que circulaban rompiendo la cortina de agua. Al llegar al bulevar de los cerezos, desnudos y esqueléticos, me paré en seco y, agarrándome el vientre, rompí a llorar. Era un llanto sonoro, que venía de los pulmones, del estómago, de lo más profundo de mi ser. Los coches continuaban luchando contra la borrasca. Los limpiaparabrisas gesticulaban con sus brazos. Negaban insistentes sobre los cristales y yo no sabía qué querían decirme. Únicamente lloraba hecha un ovillo bajo un espeso manto de lluvia.



Por Woody

Sustraigo un par de monedas de dos euros de la caja registradora. Llevo días queriendo ver la última de Woody Allen en los multicines y si no me doy prisa, se me escapa, porque la van a retirar pronto de la cartelera. Miro alrededor con los dedos todavía en el cajón. Lola, la encargada, repasa la fecha de caducidad de los productos colocados en los estantes más próximos a la puerta de la tienda. Un niño disfrazado de pirata con una espada de goma espuma corre de un pasillo a otro. No sé bien con quién ha venido. Solo dos personas más pueblan el establecimiento: en la sección de lácteos, un chico de unos veinte años; en la de higiene personal, una mujer bastante mayor, de unos cincuenta.

Durante las últimas semanas me he dedicado a sisar monedas pequeñas, menudillo: hoy, un euro; mañana, cincuenta céntimos… A Lola nunca le cuadran las cuentas, pero tampoco le da demasiada importancia, porque, entre lo que dejan algunos clientes sobre el mostrador y los líos que se hace el rato que se pone de cajera, resulta harto imposible que suceda. Ella no me lo dice, pero prefiere barrer y fregar el suelo, incluso sacar cajas del almacén, que manejar dinero. Comienza a ponerse nerviosa y no da pie con bola.
La mañana ha durado una eternidad. Las colas en la caja han llegado hasta el final del pasillo. Bueno, esa ha sido mi impresión. Lola, con ese despabilo que no sé de dónde saca, rellena las baldas de paquetes de tomate frito, frascos de mayonesa, latas de aceitunas, botellas de aceite, botes de champú. Repone y repone las cámaras frigoríficas de pizzas, piezas de queso, surtidos de ahumados… Resulta fantástico verla ir y venir con esa alegría por la tienda que, si no fuera sábado ya, después de seis días madrugando, podía llegar a contagiarme. En cambio yo, apoyado en el taburete, dando con el pie al pedal para que la cinta avance, pasando productos por el escáner, abriendo bolsas y metiendo los productos, cobrándolos, todo ello en mi metro cuadrado, no puedo con mi alma. A Dios gracias que los sábados por la tarde se cierra. Aún queda, a puerta cerrada ya, terminar de colocar la tienda para que el lunes a primera hora esté a punto.
He robado dos euros. Tampoco es tanto. Podía invitar a Lola al cine. Últimamente hemos hablado algo más. Aunque me lleva varios años, no está mal. Me gusta su forma de moverse, la manera de colocarse el uniforme cuando acaba una tarea y la sensación de que jamás suda. No sé qué colonia utiliza, no entiendo nada de perfumes, pero debe ser caro porque huele igual de bien a primera hora de la mañana que a última, como a polvos de talco. Tal vez no quiera venir, tampoco conozco sus planes. Si se lo pregunto, puede pensar que quiero algo con ella, que no digo yo que no, pero no quiero que se mosquee conmigo. Tal vez disimulando logre saber qué tiene pensado hacer esta tarde. Cuando nos quedemos solos colocando la tienda, la sondeo.
Woody Allen es el mayor de los genios. En las dos últimas que he visto de él me ha decepcionado un poco, pero las anteriores son soberbias. Creo que soy un incondicional de Mia Farrow. Claro que de justos es reconocer que Woody se ha pasado tres pueblos con ella. A cualquiera le puede suceder enamorarse de otra persona, está a la orden del día y portada de todas las revistas, pero, joder, de la hija de tu pareja no deja de ser rizar el rizo. No sé la cantidad de veces que he rebobinado Hannah y sus hermanas, ¡qué buen equipo! Seré de los últimos románticos que tiene el vídeo instalado, solo por el placer de verlos juntos.
No sé si a Lola le gustará. Tal vez prefiera ver una comedia romántica al uso o una de miedo. Espero que no elija de estas últimas, porque no me hacen ni pizca de gracia. Vi hace tres años la de Los otros y me encuentro con mi abuela en camisón por todos los rincones del piso, y eso que la pobre no se mueve de la cama. Por cierto, a ver si me acuerdo de llevarle una chocolatina de Toblerone, que le encantan.
Si me decido a invitar a Lola, debería coger algunas monedas más, por lo de las palomitas y las coca-colas. No sé si será de comer en el cine, pero no puedo ir con el dinero justo, por si acaso. Tengo todavía la caja abierta, con lo que me resulta muy fácil meter la mano y guardarme otro par de monedas. Lola continúa revisando las fechas, ahora de los yogures. Alguna vez me ha regalado un paquete para mi abuela, “están a punto de caducar, pero aguantan varios días en la nevera”, y no me ha parecido mal el detalle.
Se acerca a pagar el chico joven. Debe ser nuevo en el barrio, porque lleva una buena compra y no lo he visto antes por aquí.
—Setenta con cuarenta y cinco —le digo asépticamente. Nunca me gustó entrar en una tienda donde me diera cháchara el cajero y procuro aplicarme la copla. Solo a las mujeres mayores les suelto alguna broma cariñosa. Al parecer, el chico sigue la misma teoría que yo, porque ha guardado la compra y se ha despedido con un adiós breve mientras consultaba algún mensaje del móvil.
Deduzco, o mejor dicho, compruebo que el niño viene con la mujer mayor. En cuanto acabe de comprar, echamos el cierre y a colocar. Sigo pensando, aprovechando que la caja continúa abierta, que debería coger más para el cine. Quién me dice que después no salimos a cenar. Tengo algo ahorrado, pero prefiero no tirar de ahí, que con mi abuela nunca se sabe. Gasta en tabaco más que en comer, y su pensión se la lleva el piso. El mes pasado se dejó el gas abierto y se nos fue en un rato toda la botella de butano. Menos mal que la ventana de la cocina siempre está abierta, para que el gato entre y salga cuando quiera, que si no, la broma habría salido más cara.
Lola no va a notar si cojo cinco euros más o menos. En el peor de los casos, le digo que habrá sido un error en alguna cuenta y que lo repongo de la manera que me indique. Sé que acabará diciendo que no me preocupe, que todos nos equivocamos en un momento determinado. Levanto la pinza donde están atrapados los billetes y, mirando al tendido, pesco un billete de diez. En ese momento, noto cómo se me escapa la vida. Me acuerdo del Catecismo y su séptimo mandamiento. Siento una punzada en la espalda, un pinchazo por el que me tengo que estar desangrando. Me doy la vuelta y ahí está el niño, con su disfraz de pirata, su parche, su garfio y su espada de goma espuma:
—¡Te he matao! ¡Estás muerto!
Pálido del susto, suelto el billete en la caja y trato de sonreír. Veo a Lola que se acerca con el mismo brío de siempre, casi corriendo, colocándose la bata como solo ella sabe hacer.
—¿Dónde va el pirata malo? ¿Eres Jack Sparrow? —Mientras se dirige al niño, cierra de golpe la caja registradora con el ánimo de alcanzar mejor el bote de las piruletas— Toma, y no mates al único empleado que tengo hoy.
Lola vuelve a sus fechas y estantes, y el niño sale corriendo por los pasillos buscando a su abuela o lo que sea la señora que lo acompaña. Ya no sé qué hacer. Lola ha cerrado el cajón y hasta que no pague la mujer no debería volverlo a abrir. Tal vez a Lola no le guste el cine de Woody Allen y se decante más por el de aventuras. Parecía muy entregada al niño pirata. Si fuera solo, con lo de ayer y esta mañana tengo bastante.
—Quince con veinte. —Abro la caja para darle el cambio y el billete de diez sigue libre, atravesado en el apartado de las monedas— Que tenga buen día, señora. Adiós, granujete.
Lola me mira divertida, sabe que no suelo tener ninguna empatía con los niños. Mientras despido a esta última clienta, hago un gurruño con el billete y me lo reservo en la mano. Salgo para cerrar la puerta de la tienda por dentro y de camino me guardo mi botín en el bolsillo.
—¡Lola! ¡Cojo un par de toblerones! ¡Pongo el dinero en la caja!—Dejo caer cuatro monedas de diez céntimos desde lo alto, para que suenen bien.
Realmente estoy cansado. Me encanta Woody Allen, pero es que las dos últimas… No sé, no acabo de encajarlas. Esas nuevas musas no me acaban de convencer. Creo que esta noche va a ser de maratón. Voy a enchufar el vídeo y de una sentada van a caer tres o cuatro. ¡Ah, es que Mia Farrow está tan bonita en Hannah! 
Soledad García Garrido

"Summer night"


¿Te acuerdas de la noche, junto al rompeolas, que me lo prometiste? La luna aparecía rizada entre los bloques de hormigón. Montones de parejas y familias con niños paseaban por el muelle. Te lo volví a preguntar —quince años no son propios para dudar— y tú, lanzando piedras al agua, te volviste hacia el mar y me lo repetiste. Vi a la luna cómo se rompía en añicos y no te creí.

"En el estante"

Hoy he visto un libro dormido, abrazado a otros, en el estante. Una foto nuestra lo cubría y resguardaba del frío y el polvo de la habitación. No parecía cansado, ni ansioso por la espera de alguna lectura advenediza. No temía la herida profunda de un bolígrafo que subrayara sus frases más ilustres, ni el pellizco despiadado de unos dedos que doblaran la página para decir “hasta mañana”. Un olor a humedad vieja, a hoja áspera acunaba su sueño, arrullaba sus letras.
Tal vez un vendaval lo despierte, agite su melena y nos convierta en cómplices (nosotros sonriendo en la foto) de su presencia. Quizás grite y rompa el silencio de la sala, y declame con voz pausada su interior adormecido, enhebre frases, ensarte sílabas, engarce fonemas y lexemas… Puede ser que ese día se sienta realizado, que encuentre el amor, que vea a Dios, ese libro que nació simplemente para ser leído. Mientras tanto… hoy, hoy solo he visto un libro dormido.

"Pensamiento de un libro"


Cada vez que notaba cómo se engrosaban sus páginas, “Las palabras del olvido” sonreía y pensaba ¡hoy es un gran día!
Su autor había puesto el punto final a la historia, ya su vida estaba completa.
Ahora vendría el ajetreo del paseo por las editoriales dentro del maletín, los acuerdos sobre su publicación, la fecha de salida a la venta y… un sitio en las estanterías, con el que estuvo soñando desde la primera letra.
Había llegado el momento de su independencia, serían los lectores los que le darían el lugar que merecía, él estaba seguro de que triunfaría.

Carmela Fraile


Palabra de alumno

Algo que decir

Todos tenemos algo que decir y a todos nos gusta ser escuchados. A veces, incluso, nos gusta contar, contar una historia o expresar ese sentimiento íntimo tan difícil de adjetivar o clasificar. La persona más reservada, la más callada e introvertida, necesita expresarse en algún momento, o en más ocasiones de las que confiesa. Es frecuente, y normal, tener un interlocutor, pero contar con un número indeterminado de oyentes o dialogadores es extraordinario. 
Y qué mejor manera de manifestarse que hacerlo a través de la palabra escrita, y qué mejor medio que el que ofrece el Centro de Adultos a los alumnos, en forma de revista, cuyo nombre, “Palabra de Alumno”, ya nos sugiere su contenido. Esta publicación, pequeña y humilde en sus principios, va ganando cada curso, no en número de ediciones o súper ventas o cualquier cifra de esas que marean, sino en participación, en pequeñas colaboraciones que la hacen grande. A los que aportamos un granito de arena para elevar esta montaña, nos enorgullece contribuir y nos satisface comprobar, cada final de curso, que un nuevo número de la Revista ha salido adelante.
¡Larga vida a la Palabra de alumno!
 Victoria Pelayo Rapado

Un futuro oscuro


La habitación, completamente en penumbra, olía a humedad mezclada con un dulzor añejo a pachuli y sándalo. Cuando me senté en la silla, la madera crujió como preludio de lo que debía pasar en la sala momentos más tarde. La pitonisa tapaba la bola de cristal con una gasa de color morado que otorgaba a la sala un aspecto todavía más lúgubre. Mientras se concentraba en su labor de comunicarse con mis muertos, emitía unos suaves sonidos parecidos al ulular de una lechuza.
Dudé no pocas veces en soltar el billete de cincuenta euros sobre la camilla, dar las buenas tardes y retirarme, pero una carta del tarot me miraba fijamente y me impedía levantar las piernas del suelo, a pesar de que me temblaban involuntariamente. No sé si la imagen se refería a mí o al anterior cliente, pero la muerte cabalgando a caballo, con la puesta de sol al fondo, me mantenía anclada a la silla. El número trece que identificaba a la carta me obsesionaba. Me había perseguido a lo largo de mi puta vida, guiando mis pasos hasta donde me encontraba entonces: nací un trece de enero con una nevada espantosa (Dios tenga en su gloria a mi pobre madre, a quien no conocí porque murió en mi parto), trece navajazos me asestó el desgraciado que me asaltó cuando solo contaba con trece tristes años, trece hijos tuve —no sé bien si de trece padres diferentes—, trece veces fracasé, aunque otras tantas me levanté... Desesperada, acudí a la adivina obsesionada con el panfleto que había encontrado atrapado en el limpiaparabrisas de mi coche días atrás (no sé cuántos): se trataba de una pedazo de papel fotocopiado hasta la saciedad, burdamente recortado con unas tijeras, en el que Carmen Vidal se ofrecía, debajo de unas letras doradas donde se leía “Tarot y Videncia”, a adivinarte el futuro en una consulta personalísima.
La vidente seguía con sus ruidos guturales al mismo tiempo que hacía bailar el pedazo de tela sobre la bola donde iba a leer mi destino. A ratos, asustada, se me escapaba una risita nerviosa, pero la mirada de aquellos ojos dementes me congelaba los labios, de tal suerte que no era capaz de soltar ninguna mueca en minutos, hasta que mi propia excitación me relajaba el gesto y sonreía de nuevo.
Desde un rincón de la pequeña estancia se alzaba un humo negro proveniente de siete velas que velaban el grabado de un santo que, aunque me parecía conocido, bien podía ser cualquiera, porque tampoco frecuenté mucho ni el colegio ni las iglesias. Solo notaba que me iba faltando el aire, como si la pitonisa se lo estuviera llevando a bocados y me llegara a pequeñas ráfagas en cuanto ella agitaba las mangas de su blusa de seda.
—Te vas a quedar sola, muy sola. —Esas fueron las primeras palabras que me dedicó una vez que posó las manos de uñas largas, larguísimas, sobre el cristal. ¡Menuda revelación! Para ese viaje no necesitaba alforjas. Llevaba sola trece meses (¿¡otra vez!?), pero un vecino me había comentado que Manuel había salido ya de la cárcel y que andaba merodeando por el barrio.
—¿Sola? Pero ¿sola, sola? No entiendo bien. —Yo solo quería que aquella mujer que lucía un turbante de vivos colores me confirmara que lo que decía era cierto.
—No temas, no temas a los muertos, querida. Tus muertos no han de volver. —Aquella bobada le salió de carrerilla, como si acudiera a su boca con cualquiera que tuviera delante. ¿Quién le había dicho a aquella farsante que yo temía a los muertos? En manos de Manuel la quería yo ver.
—No se preocupe, temer, temer... ¿Ve claro mi futuro? Cuénteme, por favor.
La pitonisa se levantó casi en trance y elevó los brazos sobre su cabeza. Aunque medía casi igual de pie que sentada, sus movimientos enajenados, su rostro fuera de sí me lanzaron hacia atrás de la silla.
—¡Ayuda, ayuda! —gritaba fuera de control. Se agarró con violencia el pañuelo que cubría su cabeza y se lo arrancó, dejando al aire cuatro pelos desgreñados.
Yo nunca había participado del rito de la adivinación y sospeché que mi misión era permanecer callada, a la espera de que alguna señal del más allá se manifestara en la sala, algo como una voz en off, luces extrañas, velas que se apagaran o encendieran solas, alguna fuerza insólita que se agitara dentro de la bola.
—¡Me muero, ayuda! —“Qué tremendista”, pensé. Mi vida no daba para mucho, pero no creo que predecirme un futuro negro diera tanto juego.
De pronto, la adivina comenzó a girar los ojos desgobernados, y a sacar y meter la lengua. Yo noté que otra vez los inoportunos nervios me iban a provocar la risa y me vi de repente lanzando carcajadas, totalmente trastornada. La mujer se golpeaba el corazón, primero con las manos y después con todo lo que tenía a su alcance. Hasta que todo pasó. Un estertor profundo acabó con ella, que cayó al suelo con gran estruendo.
Al principio no comprendí nada. Esperé unos segundos a que se levantara y me contara por fin si Manuel regresaba o no a casa, si volvían de nuevo las palizas. Al ver que no reaccionaba, me agaché y comprobé que estaba muerta. ¡Qué desgracia! Entre los dedos apretaba la maldita carta del tarot.
Saqué la cartera y puse el billete encima de la mesa. Al fin y al cabo, la mujer había intentado predecir mi futuro. Salí con cuidado, tratando de dejar el mínimo rastro posible, casi de puntillas. Con la mano ya sobre el pomo de la puerta, retrocedí y rescaté mi billete. En un reloj cercano sonaron trece campanadas. O eso fue lo que me pareció, claro.
Soledad García Garrido

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Victoria Pelayo Rapado es autora de varias novelas, como Una amistad corriente y Los días mágicos. Además,  ha escrito cuentos distribuidos en distintos volúmenes, y ha publicado, en solitario, El roce (Rumorvisual, 2012), una antología cuyo elemento en común es el desencuentro.
Es alumna del club de lectura del Centro de Educación de Adultos y hoy trae para nosotros este precioso relato:

De repente, un eclipse


Se sentó, como solía hacer su padre cuando aún vivía, en la piedra lisa y plana que antaño colocaron en el centro del muro divisorio del jardín con el fin de que hiciera las veces de bancada. Desde allí contemplaba la mitad de su tierra, la otra mitad quedaba a sus espaldas. Las piedras, colocadas a hueso, formaban huecos en los que insectos, pajarillos, o incluso renacuajos encontraban un lugar fresco en el que resguardarse del abrasador sol. Un destello llamó su atención desde la parte baja y aunque se inclinó para mirar, lo hizo sin demasiada curiosidad. Un instante antes de verlo supo lo que ocultaban las piedras. Las gafas que su padre había perdido y que su gastada memoria impidió recordar dónde puso. A pesar de los esfuerzos de ese día y los siguientes, la búsqueda fue inútil. Cuidadosamente plegadas y con los lentes hacia arriba para no rayarse, aparecían ahora, cuando ya nadie las buscaba. Se arrodilló delante de la pared para contemplar con detenimiento el hueco elegido por el viejo. Quizá su padre, aquel día, viera alguna hierbaja y quiso arrancarla, quizá se agachara para remover la tierra alrededor de un árbol o quizá recogiera unas manzanas caídas, uno o dos segundos solamente, los suficientes para olvidar enseguida dónde las había dejado. Alargó la mano para tomarlas con tanta delicadeza como si fueran frágiles y pudieran romperse, sabiendo que sus huellas se mezclaban con las otras huellas, que nunca más volverían a impregnar ningún objeto. Las abrió y, en un acto de puro instinto, cerró los ojos mientras deslizaba las patillas por sus sienes. Tal vez porque los lentes eran demasiado gruesos o porque las lágrimas le anegaban los ojos, cuando los abrió, le sorprendió la oscuridad del mediodía.
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Haikus dedicados al recuerdo


En la literatura japonesa son célebres los haikús (o jaiku), estrofas que, en solo tres o cuatro versos, transmiten el sentimiento que produce la contemplación de la naturaleza, la muerte, el amor, la enfermedad, el dolor, la ausencia…


Carmela Fraile es alumna del club de lectura y del taller de escritura de nuestro centro. De ella son estos ejemplos.

Recuerdos,
ramas que golpean,
los cristales de la memoria.

Me abrazo a ti,
mi mejor recuerdo,
alondra del amanecer.

La casa, el hogar.
La memoria,
la morada de los recuerdos.

Si camino, avanzo.
Si recuerdo.
¡Es… que sueño!

Recuerdos del pasado,
forjadores,
de presentes y futuros.

Átomo a átomo,
recuerdo a recuerdo,
concentro el pasado.

Cancioneros en pasado,
de la vida.
¡Persistentes recuerdos!

Cierro los ojos
y al abrirlos,
destella un recuerdo.

Me inspiro en recuerdos,
blandiéndolos como armas
que resurgen el pasado.

Recurro a ti, memoria,
servil e imprecisa,
guardiana de lo vivido.

Música y recuerdo,
canciones de una vida,
voces que perduran.

¿Sabes?, si no recuerdo,
muero, y
terminan mis días.
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Ni más más ni más menos

Os voy a contar un poco la vida de mi madre, pues creo que bien merece la pena. Si estuviese aquí, se llevaría ambas manos a la cabeza y diría: “¡¡¡Yo!!! ¡Pero muchacha, si yo no sé hacer nada, si yo no sirvo para nada!”. No conozco a nadie menos vanidoso que mi madre.
Nació hace 86 años en Alía, un pueblo al lado de Guadalupe, y es la mayor de sus hermanos. Es una mujer analfabeta, aunque tuvo el coraje de aprender a leer y escribir cuando se jubiló. ¡Está claro que a mi madre no se le resiste nada!
Nunca fue a la escuela, porque cuando estalló la guerra civil tenía 7 años. Tiempos difíciles, porque el frente de Guadalupe estaba a las puertas y una noche tuvieron que salir corriendo campo a través hasta que llegaron a un pueblo de Ciudad Real, donde estuvieron refugiados. Pero eso es ya otra historia...
Acabada la guerra y de vuelta, había que sobrevivir, así que le tocó trabajar en el campo: de sol a sol, con pañuelo a la cabeza y sombrero de paja encima, y para los brazos, ¡camisa de manga larga!
Se casó a los 23 y con 25 años, recién nacida yo, emigramos con mi padre a Madrid. La primera vivienda la recuerdo vagamente: un patio comunitario al que daban muchas puertas, la fuente a la bajada de la calle y las tapias del cementerio muy cerca. Mis recuerdos de la segunda casa son más nítidos: un piso semisótano de alquiler, ¡que se inundaba en cuanto llovía un poco más de la cuenta! Allí nacieron mis dos hermanos y allí se quedó mi madre viuda con 31 años.
Así que hubo que echar mano de los abuelos, que vivían en el pueblo, porque ella se tuvo que poner a trabajar: limpiaba unas oficinas y servía por horas en un casa. Lo primero que tuvo que aprender fue a moverse por Madrid, a coger tranvías, metro y autobuses, ya que siempre había dependido de mi padre para eso. Tuvo que espabilar, ¡y vaya si lo hizo!
Pasaron 3 años y mis abuelos tuvieron que ir a Francia a bautizar a una nieta, porque mi tío se empeñó y cuando por fin se decidieron, la niña ya andaba. Una vez allí, se confabularon todos mis tíos para reclamar a mi madre, que quedaba sola en Madrid. Se dejó convencer con la promesa de una vida mejor y de volver en cuanto hubiese ahorrado lo suficiente para comprar un piso. Así que comenzó a desmontar la casa, vendió todo lo que pudo y empezó a tramitar todo el papeleo. Ahí arranca su odisea: ¿¿se imaginan lo que es deshacerse de toda una vida y volver a empezar??
Fue un viaje larguísimo y caluroso de un mes de julio. Recuerdo el paso de la frontera como una pesadilla: miles de personas cargando con maletas y bultos. Se avanzaba paso a paso, en filas ordenadas y parando continuamente. Mi hermano de 3 años llevaba un pequeño melón bajo el brazo, mi hermana una caja bien atada con medicinas, y yo otra caja con un montón de bocadillos y provisiones para todo el viaje. Mi madre parecía una gitana, pues llevaba una caja grande apoyada en la cadera (“al cuadril”, como dice ella) y se ayudaba de un mandil sujeto a la cintura (con uno de los picos podía sujetar mejor aquel bulto).
Nos tenía que esperar en la frontera uno de mis tíos. Le había escrito yo por carta diciéndole la fecha de nuestra partida, pero con esa sola información, ¡¡llevaba ya dos días esperándonos!! Y, madre mía, qué grande era aquella estación, cuánta gente, cuántos trenes... fue un milagro que diera con nosotros. Y cuando nos vio llegar con aquellas pintas, pensó: “¡¡Tierra, trágame!!”. Pero no crean que mi madre iba apurada o asustada; ¡qué va! Iba tan tranquila y confiada, ya que según ella, como llevaba la dirección en el remite de una carta, si no aparecía mi tío o si nos perdíamos, ¡pues ya nos llevarían a esas señas! Ya saben, la audacia de la ignorancia...
En fin, el caso es que llegamos a nuestro destino, un pueblecito de Alsacia, al noreste de Francia y muy cerca de Suiza y Alemania. Allí había una fábrica textil donde se empleó mi madre. Los dueños proporcionaban la vivienda a sus empleados, así que en ese sentido no hubo problema. Pero a mi madre le costó sudor y lágrimas aprender a manejar aquellas larguísimas máquinas que ¡se paraban cada vez que se le rompía el hilo de unas enormes bobinas! Lo consiguió con la ayuda de otros compañeros españoles y la benevolencia de los contramaestres.
Los pequeños nos integramos muy bien en el colegio. No había distinciones entre nosotros: nos trataban con total normalidad. Para los mayores, sin embargo, fue más duro, porque nunca consiguieron hablar francés; sólo algunas palabras sueltas a las que le sacaban mucho partido, ¡sobre todo a la hora de hacer la compra! Siempre recurrían a los niños para otros asuntos.
Y así pasaron volando los siete años más tranquilos de nuestras vidas.
Cuando a mi abuelo le llegó la edad de la la jubilación, yo estaba a punto de cumplir 17 años y como el objetivo de comprar piso ya se había logrado, empezaron a pensar en la vuelta... que desde luego fue más sencilla que la ida.
Cuando llegamos a Madrid, mi madre encontró trabajo de limpiadora en Renfe, pero después de unos meses se colocó en El corte Inglés, también en la limpieza. Todavía la recuerdan las vendedoras como “la señora Felisa”, ¡la única que no las regañaba cuando entraban a fumarse un cigarrillo en los baños todavía húmedos y pisaban el suelo recién fregado!
Allí estuvo hasta que se jubiló: fue entonces cuando decidió aprender a leer y escribir.
Es una mujer con una fuerza de voluntad que para mí quisiera yo. No conoce la pereza y no deja nunca para mañana lo que puede hacer hoy. Yo creo que es una mujer inteligente, porque quien consigue adaptarse y sobrevivir lo es. Para finalizar, quiero dejarles algunas expresiones que sigue usando, para mi gran bochorno: “Salir a la uña”, “no hay tío páseme Vd. el río”, “estás más loco que la jaca de los títeres”, “estoy esguarramillá” (o “eschambarilá”)... y desde luego, para ella no es suficiente decir “ni más, ni menos”, para ella siempre es: “ni más, más; ni más, menos”.
¡Qué grande es mi madre!
Con motivo del Día Internacional de la mujer (año 2015)
Amalia Yelmo Galán
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“El negro mar”

Es un poema de Nicolás Guillén, poeta cubano (1902-1989), considerado el principal representante de la poesía negra, afrocubana. Es también un ejemplo del cambio hacia la rehumanización y el compromiso que caracteriza el proceso poético del periodo postvanguardista. Su obra está marcada por la implicación en el contexto social y político de su país.
El cuadro “Mar negro”, de Juan Fernández Merchán, alumno de nuestro Centro, está inspirado en dicho poema.


El negro mar
La noche morada sueña
sobre el mar;
la voz de los pescadores
mojada en el mar;
sale la luna chorreando
del mar.
El negro mar.
Por entre la noche un son,
desemboca en la bahía;
por entre la noche un son.
(...)

A partir de él, hemos querido dar una vuelta de tuerca, y son ahora nuestros alumnos quienes escriben textos breves de intención literaria inspirados en el cuadro de Juan. Estos son algunos ejemplos:

Soñando despierta
Cuando salí a la terraza para ver el amanecer supe que era el mejor viaje de mi vida, sonaban las olas de fondo mientras tomaba un rico desayuno en el paraíso.
Marina Chavero Alonso

Mar alerta en la noche
En la oscuridad de la noche, mientras el mundo duerme, la mar nunca descansa, atenta al cielo, admirando el paso incansable de las nubes. La superficie ejerce de manto para las especies marinas que se cobijan en él mientras admiran la belleza de un cielo cubierto de nubes y estrellas. Pura naturaleza.
Raúl Castro Rodríguez

Mar oscuro
Esta mañana los peces aún no han podido iniciar sus actividades. A pesar de que suben a la superficie, no encuentran la luz. Ellos, desde la profundidad del mar, no saben qué es lo que pasa, pero intuyen que quizás ya no tengan que enfrentarse a más peligros.
Marcos Díaz Fernández

Inestabilidad atmosférica
Hay inestabilidad en la atmósfera cuando el gradiente adiabático seco es menor que el gradiente vertical de temperatura. Esto quiere decir que la temperatura de la masa de aire ascendente disminuye más lentamente que la temperatura del aire circundante inmóvil.
José Félix González Cava

El lenguaje del amor
Y en ese momento decidiste aparecer en mi vida, decidiste cumplir mis sueños y regalarme alegría, llegaste hablándome de un lenguaje que yo no conocía el lenguaje del amor... Y después de nuestra historia es un crimen encontrarnos y sonreírnos como extraños.
Armando Villanueva Toribio
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(Poemas encadenados)


Carmela Fraile. Con motivo de la celebración del Día Mundial de la Poesía.

Sentires


Suave el amanecer,
cuando al despertar,
alguien en su mirada,
guarda el corazón
de quien hace latir el suyo.
Un puñal,
una herida.
Poco a poco
sorteando la amargura,
saliendo al asombro,
al cobijo del mundo,
al encuentro,
al bullicio.

Todo tiene sentido,
el del novato:
sabiendo cada respuesta,
encontrando salidas.
En las lides del amor,
eso…
es lo que suma.

Conozco el fin,
conozco el principio,
sólo me queda por descubrir,
en medio, ¡qué es lo que pasó!

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 Palabra de alumno

Textos de intención literaria de los alumnos del CEPA Cáceres


A lo largo del curso, nuestros alumnos leen en el aula textos literarios de distintos géneros. Aprenden estrategias de creación y consiguen elaborar los suyos propios, muchas veces de gran calidad, como podréis comprobar en esta selección que hoy os presentamos.
Queremos, desde aquí, dar la enhorabuena a estos jóvenes talentos que, con su esfuerzo, nos han permitido llevar adelante esta primera publicación editada por la Biblioteca CEPA Cáceres.
Nos ha parecido que, para entender el propósito de este libro, nada mejor que utilizar las palabras de Víctor M. Jiménez Andrada, escritor y alumno del club de lectura de nuestro centro, que es quien lo prologa.
Bajo el lema de “Todos somos creadores” y con el impulso de la Biblioteca del Centro, los alumnos y alumnas del CEPA “Maestro Martín Cisneros” mostramos algunas pinceladas del trabajo realizado a lo largo del curso en narrativa, poesía, diseño e ilustración.
Aprendemos, a pequeños sorbos, la magia de la creación y la queremos compartir. Las creaciones que ofrecemos en estas páginas, entre otras cosas, plantean qué sucedería si nos quedáramos sin palabras, proponen tratos con la misma muerte, susurran historias de amor jamás contadas, salpican de humor e ironía cuando nos hacemos ciertas preguntas, presentan personajes de famosa sonrisa, confiesan la pasión que late en todo escritor, invitan a tomar soluciones fáciles ante problemas complejos, nos llevan de fiesta de cumpleaños, nos arrastran al recuerdo de una Navidad más feliz, cuentan la trágica historia de una Blancanieves extremeña y una original adaptación de Bella y Bestia, desvelan el secreto de unos amantes, nos golpean a base de versos, y también, sobre un lecho poético, cantan al silencio, a los hijos o a la ausencia del amor; y por supuesto a los libros: origen de todo y alimento indispensable para poder escribir una sola palabra.
Esperamos que disfruten de nuestro trabajo y que se animen también a escuchar a sus musas, porque “todos somos creadores”.


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Keep Calm and Carry On


Keep Calm and Carry On (en castellano ‘Mantén la calma y sigue adelante’) es un póster producido por el gobierno británico en 1939, al inicio de la Segunda Guerra Mundial, con el objetivo de subir la moral de la ciudadanía del país bajo la amenaza de una invasión inminente. Fue poco conocido y nunca usado.
El póster fue redescubierto en 2000, y ha sido relanzado por una serie de compañías como tema decorativo en publicidad.
Se conocían sólo dos ejemplares originales del póster, hasta que una colección de cerca de 15 originales fueron expuestos en el show televisivo Antiques Roadshow en 2012 por la hija de un ex miembro del Cuerpo Real de Observadores.
Los alumnos de comunicación de 4º C los han realizado en el aula de inglés. Esta es una muestra de su creatividad.

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Víctor Manuel Jiménez Andrada, alumno del club de lectura de nuestro centro, consiguió el primer premio del concurso literario de poesía convocado por el Departamento de Actividades Complementarias y Extraescolares con esta poesía:

Biblioteca


Ahora que la tarde se derrumba
en el soliloquio de mis ojos,
cuando parece que la punta del dardo
yerra en la diana de la carne,
detengo la arena de los relojes
para respirar hondo
el aroma que desprenden
esos anaqueles.

Palabras que no traicionan
aguardando, como Lázaro en su tumba,
que la mirada del resucitador
se pose sobre ellas.
Es entonces cuando surge
el verdadero hechizo
que nos hace levitar
más allá de los muros.

Las páginas se transforman
en las alas del Pegaso
que salvó a un tal Bukowski,
y a tantos otros,
y que me salvarán a mí
de estas cadenas de ignorancia
que me llagan los tobillos.

Palabras que no traicionan,
atemporales y eternas,
custodiadas en este templo
de dioses inmortales.

Afuera la noche canta su preludio,
pero yo estoy muy lejos:
viajo sobre una nube de letras
más allá de mí.

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En el mismo concurso, participó la alumna del curso de escritura Mª Soledad García Garrido, ganadora del segundo premio:

¿Y si se extinguieran las palabras?


Si se extinguieran las palabras, ¿desaparecerías tú?
Brisas, cruces, calle, azul,
Sílabas silenciadas,
Verbos atemporales,
Besos a media luz.
Si se extinguieran las palabras, ¿dónde iría su significado?
Amor, ¿dónde tus declaraciones?
¿Dónde los calificativos?
¿Dónde mis tibios susurros?
Si se extinguieran las palabras,
Sábanas, dulce, a contraluz,
Solo en ese caso,
¿Continuaríamos este sueño
Que disfrutamos en plenitud?
Diptongos, caricias,
Hiatos, fantasías,
Vocales sin compañía.
Si se extinguieran las palabras,
Como el deseo en la senectud,
Rogaría en última instancia
Un monosílabo por compasión.
Si se extinguieran las palabras,
Solo si se extinguieran,
Si se acabaran,
Solo eso,
Amor.

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Primer premio concurso literario de relatos breves convocado por el Centro de Adultos (Departamento de Actividades Complementarias y Extraescolares)

Roger y la muerte


Días atrás, Roger había arrimado el camastro a la ventana. Notaba que las fuerzas y las ganas comenzaban a disiparse y que el aire gélido que se colaba por las maderas mal ensambladas le hacían bien. Parecía como si la corriente atravesase el cristal y le refrescara el rostro, ardiente por una fiebre que, si bien no le inhabilitaba, le tenía exhausto.
La primavera venidera cambiaría las tablas del suelo, resquebrajadas por los cambios de temperatura que se producían en esa casa orientada al norte. No era miedoso, acostumbrado a vivir solo media vida; pero los ruidos que producían el piso y las vigas de madera le enervaban bastante últimamente.
Roger nunca había necesitado de ninguna mujer que cumpliera con los quehaceres domésticos. Trabajaba en una agencia de seguros hasta el mediodía y después contaba con todo el tiempo del mundo para poner orden en su casa. Lo cierto era que en la pila del fregadero nunca se habían amontonado tantos platos y tazas, y el cesto de la ropa sucia acumulaba tanto sudor de las últimas calenturas que Roger se levantó como pudo con el ánimo de adecentar un poco todo aquello.
Abandonó con lentitud el calor de las sábanas de hilo, todas de su madre, y se encajó las zapatillas de andar por casa renqueando. Erguido, un frío que le recorrió toda la columna le hizo trastabillar, provocando que cayera a plomo contra la cómoda.
Del golpe, el cristal de un retrato en sepia que le mostraba con tres o cuatro años, agarrado a una silla de enea, se hizo añicos. Fue entonces cuando su vida hizo de nuevo crac. Se arrastró como pudo y llegó a la cama. Le sangraba la sien izquierda, pero un dulce aletargamiento le invadió el cuerpo y ya solo pudo arroparse con cierta torpeza. De repente, todo se apagó.
Toc, toc.
Toc, toc.
- ¿Quién llama con tanta obstinación? – susurró Roger.
- La inevitable –escuchó el moribundo, mientras una ráfaga de aire frío se colaba por el umbral de la puerta-. Vengo a pactar contigo.
La mecedora que tantas veces había acompañado a Roger en sus lecturas, emprendió un suave balanceo y una figura de mujer comenzó a materializarse sobre ella. Lo etéreo se hizo físico, lo invisible adquirió forma, el implacable tiempo inició su cuenta atrás.
- Llamas a mi puerta con insistencia, entras sin permiso y te sientas en mi butaca. ¿No te enseñaron modales?
- Los mismos que a ti –respondió la parca-. Si quieres me voy.
- ¿Qué asuntos tenemos tú y yo pendientes? – parecía como si Roger hubiera recuperado sus fuerzas, se veía preparado para luchar.
- De eso venía a hablarte. Te propongo un trato que te será ventajoso. Yo soy la Muerte, imagino que ya te habrás dado cuenta, y ya he entrado dentro de ti, pero te voy a dar la oportunidad de irme por donde he venido si me ofreces la vida de otra persona.
Roger se tanteó los brazos y la cara. ¿Se trataba de una absurda pesadilla? La fiebre había desaparecido y tenía la frente helada. Se acercó una mano al corazón y no latía.
- Soy joven aún –protestó el cadáver, más lívido cada segundo que transcurría.
- Tu padre tenía tu misma edad cuando murió, Roger, ¿acaso no lo recuerdas? ¿Has sido capaz de olvidarlo?
Roger se estremeció en la cama. Habían pasado muchos años, pero aquello era inolvidable. Su madre también murió el mismo día. Aunque le había resultado muy difícil salir adelante solo, lo había conseguido. Podía decir que, salvo aquel hecho aislado, se había convertido en un hombre de bien, como siempre le había pedido su madre. A su padre, prefería mantenerlo en el olvido.
Su vida a cambio de otra. Ese era el trato. Roger no quería morir, ¿quién quiere? Cerró los ojos y pensó que nadie merecía morir para que él viviera.
- Y a todo esto, ¿qué ganas tú?
- No lo comprenderías. Tranquilizar mi conciencia. Me he llevado por delante millones de niños inocentes, soldados que me suplicaban vivir, mujeres que dejaban niños desprotegidos… Como tu caso.
- Vete –replicó Roger con los ojos aún cerrados y dos lágrimas tibias que se resbalaban por el cuello ya rígido.
- Pero…
- Vete, déjame morir tranquilo. No me compensa aliviar tu conciencia y poner la mía en peligro. Sal de mi casa.
Así fue como la Muerte dejó la casa de Roger, asustada, incrédula. Millones de veces había propuesto el mismo acuerdo y nadie lo había rechazado. Se esfumó y, sin hacer ruido, se fue por donde había venido.
Roger se dio media vuelta en la cama, ahuecó la almohada y durmió plácidamente durante horas. Cuando despertó, se acordó de que tenía la loza sin fregar y toda la ropa sucia. Ni rastro de sangre en la cabeza.

María Soledad García Garrido (Alumna del taller de escritura)

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Omar Carrillo Mayorga, alumno de 4º B, nos ha dejado estos textos: el primero, la descripción subjetiva y literaria de una habitación; la segunda, unos versos en los que reflexiona sobre la vida y la muerte y, por último, una preciosa historia de desamor.


Mi habitación


Al entrar en mi habitación se percibe cierto cambio en el ambiente; algo más de temperatura con respecto a las otras instalaciones de un piso no muy grande. Quizás esto sea así dado el tamaño de la habitación que roza lo ridículo, pero es suficiente si no se tiende a coleccionar objetos sin ningún valor más allá del económico. En mi habitación habita lo imprescindible, lo necesario, y por ello adquiere cierta vida, pues todo lo que hay en ella guarda cierta valía para su propietario; todo es utilizado prácticamente a diario: nada sobra.
Al abrir la puerta lo primero que se observa es la cama, pues es lo que hay inmediatamente delante de esta, apenas la separan un par de pasos; está orientada hacia la ventana, situada a la izquierda de la entrada. La venta va a dar a la galería, son unas vistas envidiables; la romanza de la lavadora recuerda el sutil romper de las olas. Bajo la ventana está situada una mesa algo tosca y de difícil manejo, pero no más que su tardío y enrevesado montaje; de ahí que las ruedas de esta sean una mera decoración inservible.>
Entre la mesa y la puerta de la habitación se halla galante un armario de dos puertas imitación de algún hermano mayor suyo de indudable mayor calidad. En su interior gran cantidad de perchas con prendas sujetas a ellas luchan por un mísero espacio dentro del ya de por sí minúsculo ropero. Bajo este varios pares de zapatos conviven en dulce armonía.

Mi frontera

En esta noche de lluvia, fría,
Con los pies congelados, triste,
Que hice todo lo que estuvo en mi mano y ahora… un moribundo entre las calles
Y ahora moriré entre arbustos y flores que ya no están a las que
El destino les auguró lo mismo que a mí depara
Pero yo siempre fui dueño y señor de mí mismo, en mis sueños: mi vida
Que me da igual lo que hagan y digan que mi paz no alteran
De tantas dudas que no fueron resueltas
Y ¿qué será de mi cadáver?
Será profanado como mi alma, ya corrupta
Los demás fueron débiles y se rindieron
Que se pudran en su vida, que ya apestan…
Y he de decir que los odio por no ser como yo
Por ser esclavos
Por estar sumidos en esta enfermedad llamada vida
Por ser humanos
Que yo seré realmente libre en mi muerte, mi amiga, compañera
Que yo viviré cuando ella me estreche la mano
Y lloraré hasta dejar que mi corazón lata
Pero volverá a latir, en otro cuerpo y otra vida
La vida perfecta


Soluciones fáciles del ciudadano medio

Permanecía en el suelo frente a la ducha, había procurado salir con cuidado, pero resbaló en el último momento cayendo contra el lavabo y provocando así que permaneciera inconsciente durante su traslado.
Despertó en su cama con suma debilidad y grandes dolores en pecho y espalda. Oyó la voz de su marido y pronunció su nombre con voz débil.
–Rodrigo –dijo.
Y Rodrigo abrió la puerta lentamente, la miró y no pronunció palabra alguna. Esbozó una sonrisa y se sentó a su lado. La miró fijamente acariciando su pelo, sus manos estaban frías. Marisa se estremeció y cerró los ojos, durmiéndose así.
Eran las tres de la mañana y entreabrió los ojos dándose cuenta de esta forma de que estaba maniatada y con un trapo en la boca tras despertarse.
Rodrigo entró en la habitación con un plato de lentejas aún calientes y obligó a una Marisa desganada a comer.
Se oyó cómo tocaban a la puerta y él bajó con suma tranquilidad –era un hombre muy paciente. Tan paciente que fue capaz de soportar durante años los desvaríos, siempre acompañados de gritos, de Marisa.
Abrió la puerta; era su vecina, una mujer muy entrometida. Le recordó a Rodrigo que hoy era día de chicas –algo que él siempre había considerado patético cuando menos, ya que tanto ella como su mujer superaban los cincuenta años.
La invitó a pasar y se tomaron un café en la sala de estar; le comentó que su mujer no se encontraba bien y que necesitaba descansar. A Rosa siempre le había atraído Rodrigo, desde que su amiga y él contrajeron matrimonio no había podido dejar de pensar en alguna forma de librarse de ella. Rodrigo era un hombre perspicaz y era consciente de los sentimientos que despertaba en ella; pero no le disgustaban. En realidad, para él cualquier mujer sería mejor que Marisa a la que consideraba histérica y manipuladora.
Cuando la vecina volvió a su casa –a, sin duda, contarle a su hermana que había estado en casa de los Pérez– Rodrigo fue al garaje.
Un pensamiento oscuro inundó su mente, en el sótano se hallaba una vieja moto que guardaba allí desde que se mudaron a la casa, aún funcionaba y marchó con ella durante kilómetros hasta llegar a una vieja cabaña en el bosque.
Estuvo allí toda la noche pensando en qué iba a hacer con su mujer y llegó, por fin, a una conclusión: debía abandonarla.
Por la mañana regresó a la casa, hizo las maletas, desató a su mujer y se marchó sin dar ninguna explicación.
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HAIKUS

El haiku es una forma poética breve de origen japonés. Se escriben, según la tradición, en tres versos de 5, 7 y 5 sílabas, respectivamente, sin rima. Suelen hacer referencia a escenas de la naturaleza o de la vida cotidiana. 

Carmen Fraile Sanz, alumna del club de lectura de nuestro centro, ha escrito estos:





 

Juega desde el amanecer,
el alba,
despierta los sentidos.
...
  
Bajo el peso de la lucha,
tiembla
y florece el ánimo.
...

 

Llueve en el bosque,
escampa
y se oye un trino.
...

 Para cuándo el descanso,
el sosiego,
peregrinos en el tiempo.
 ...

Susurro un poema:
Paciente el corazón
que espera resurgir.
...

Estúpido destino,
incierto y rebelde,
no ocupes mi lugar.
 ...

Enemiga de mí,
oscuro Caín,
abandóname.
 
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Creatividad (alumnos de 4º curso)


Los alumnos de 4º B del primer cuatrimestre de este curso han trabajado los textos literarios en su clase de comunicación (con su profesora, Olga). Se han animado a dar sus primeros pasos en la literatura y el resultado es este que os dejamos aquí.
Se trata de un conjunto de actividades que hemos aprendido en el Seminario de Bibliotecas Escolares de Secundaria, de la mano de Beatriz Osés. Nos gustaron tanto que decidimos ponerlas en práctica con nuestros alumnos.
Todos los profesores que formamos parte del grupo de trabajo de la Biblioteca de nuestro centro aprovechamos para darles desde aquí nuestra enhorabuena por su fantástico trabajo.


















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Leticia es alumna de 4ºB. Nos ha regalado esta intrigante historia -ilustrada por Andrés Sánchez Marcos. ¡No os la perdáis!


JULIA



Lo que en principio iban a ser unos días de relax en una escapada rural se convirtieron en una experiencia que marcaría mi vida para siempre.
Harta de trabajar, del estrés y del ruido de la ciudad, decidí vivir una experiencia durante unos días en una excursión de estas en las que conoces a gente, haces meditación y relajación. Fui sola, me apetecía, sentía la necesidad de desconectar del mundo, mi mundo.
El lugar era increíble. Dos casas en el corazón de un bosque totalmente cerrado. Las casas eran muy austeras. Un salón con una chimenea y utensilios para cocinar y habitaciones con literas. Seríamos unas sesenta personas en total, dividiéndonos en dos grupos. A mí me adjudicaron el grupo “Coníferas”; el otro, “Helechos”.
Mi desconexión empezó desde el principio y en realidad ni preguntaba ni exigía ni hacía nada de forma voluntaria. Me dijeron cuál era mi habitación, la número 3. Más que un dormitorio era en realidad un pasillo con dos perchas y una cama litera. Me quedé con la cama de abajo, no me gustan las alturas. Al rato apareció mi compañera de habitación, Julia, muy seria, introvertida y huidiza.
Pasamos la primera noche, y al despertar miré hacia arriba y vi la mano de Julia fuera de la cama, sucia y goteando. Me sorprendió, me fijé mejor y, en efecto, estaba llena de tierra, con las uñas completamente abiertas, ensangrentadas. La desperté y dije: -Julia, ¿qué te ha pasado en las manos? Ella puso cara de sorpresa; pero lo cierto es que tampoco la noté alarmada. Le pregunté - ¿No te preocupa? Ella me dijo que era sonámbula y a veces se despertaba y como estábamos en el bosque, era posible que se hubiese caído o algo así.
Francamente, me parecía una chica muy extraña. Al día siguiente volvió a sucederle lo mismo. Yo estaba muy intrigada, pero simplemente le dije –Vuelves a tener las manos sucias y ensangrentadas… No me contestó esta vez.
La verdad es que luego no la veía durante el día, no participaba en los juegos, por lo que me quedé extrañada y pregunté a otra compañera de equipo. Esta me comentó que faltaban camas en los “Helechos” y una o dos participantes dormían en el nuestro. Supe, pues, que Julia era una de ellas.
La siguiente noche yo seguía intrigada y no pegaba ojo. Entonces, en mitad de la noche, Julia se levantó y salió de la habitación. Yo la seguí, se adentró en el bosque. Estaba muerta de miedo, pero mi morbo superaba cualquier otra sensación y dejé de seguirla. Al rato, se agachó y empezó a escarbar en la tierra como si fuese un animal. Era francamente increíble la velocidad y la ferocidad que usaba.
Lo que ocurrió después no se ha borrado de mi mente jamás y me perturba todas las noches. Julia sacó un cadáver de la tierra y comenzó a morderlo y a devorar uno de sus brazos. Grité y salí corriendo. Ella me siguió y yo notaba sus pisadas cerca de mí, pero no miré atrás en ningún momento. Seguí corriendo, pidiendo auxilio, hasta que de repente el monitor me frenó en seco y me dijo… -¿Qué te ocurre? Entre el llanto, yo intentaba balbucear lo que había sucedido. Él me pidió que me calmase. Me dio un tranquilizante con un poco de agua y me acompañó a la habitación, que estaba vacía.
El calmante que me dio me dejó completamente dormida. Al día siguiente, Julia no estaba en la cama.
Corriendo, fui a hablar con el monitor y empecé a preguntar de manera insistente. -¿Julia? ¿Dónde está Julia? ¿Qué ha ocurrido? Él me apartó del grupo y me dijo que me calmase, que asustaría al resto de la gente. No hay ninguna Julia en el grupo –comentó. -¡No puede ser! Era mi compañera de habitación. Entonces él cambió su cara y dijo: –Tú nunca has tenido compañera de habitación. Me derrumbé -¡Imposible, no puede ser, no puede ser!
Volví a casa en autobús. No hablé con nadie y lo cierto es que la gente me miraba como si estuviese loca. Poco tiempo después fui al psiquiatra y me dijo que en estado de estrés, cuando sales de tu círculo habitual, se pueden sufrir alucinaciones y brotes. Me recetó unas pastillas y aún sigo teniendo pesadillas todas las noches. No volví a hablar del tema hasta hoy que escribo estas letras porque me he levantado con mis manos llenas de tierra y mis uñas ensangrentadas y no sé qué hacer…


Leticia Macías Núñez





EL AZAR



Nada había que interrumpiera la paz en aquella extensa llanura, dividida en dos por el cauce de un caudaloso río cuyo sonido, junto con el de los pájaros, era lo único que se escuchaba. Para disfrutarlo, sus orillas vírgenes, limpias, solitarias de pisadas extrañas. Para cruzarlo, el frágil puente. Hacía tiempo que nadie lo atravesaba, había otros caminos más fiables, pero él se empeñó en pasar saltando, dando brincos, mientras botaba su pelota de goma. El endeble puentecillo se vino abajo y un montón de piedras lo acompañaron en su caída, mientras su pelota de goma discurría empujada por la corriente.
Carmen Fraile

CELESTE


Abrió la puerta de su casa, era noche cerrada. Ni luna, ni estrellas en el firmamento. Solo oscuridad. Celeste se escapó. ¡Maldita gata! Toda la vida cuidándola y se había prendado de un gato arrabalero. ¡Qué endeble es la fidelidad!
Carmen Fraile


FALTA DE FE



Ni cielo, ni infierno, sólo nosotros existimos y eso mientras estamos con los pies sobre la tierra. Después ¡Dios dirá!
Carmen Fraile

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